Subamos al Faro… El descenso I

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Hemos empezado el descenso… con algo de nostalgia, abandonamos la linterna.  El cielo sigue imponente en un azul intenso, casi de llanto. Nos miramos a los ojos, como recordándonos con nuestras miradas todo lo que el amor hizo con nosotros en este especial lugar.  De sólo pensarlo una fuerte ráfaga de emoción nos recorre por completo a ambos… vamos abrazados, algo silenciosos.  Llegamos a los ocho escalones del descenso y desembocamos en el piso anterior, el del amor, de la emoción, del deseo, de la pasión…

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Quiero seguir pero tu mano en mi cintura me retiene. Siento tu mano recorrer con suavidad mi rostro e igualmente yo acarició el tuyo… mis lágrimas no se hacen esperar. Paso mi mano por tu frente, por tus mejillas, tocó tus labios y es el mismo temblor que hay en los míos. Te doy besos… por tu cabeza, por tus ojos, por tus labios y las únicas palabras que puedo decir entre uno y otro son: “Te Amo tanto”. Tocó tu cuello, mis manos están sobre tu pecho, al igual que mis brazos que descansan en ti.  Mientras tú, tienes mi cintura y con tu brazo me rodeas toda.
Miras hacia donde está colgada en un rollo la alfombra y los cojines que casi no se observan para quien no sabe que están allí, y sólo alcanzas a decir:
-Esto me fascina… tú me fascinas. -Te agradezco tanto el que me hayas traído hasta aquí, mi vida ha renacido contigo, Esperanza, así como tú nombre, ha sido lo que ha pasado conmigo.  –Simplemente me siento vivo.
– A mí me encanta saberte aquí… tu has sido el regalo de mis días. Es que aún creo que puedo despertar en casa del señor Marco y descubrir que sólo soñaba… y si fuera así, te seguro que no quiero despertar.
Me besas con fuerza.
– Si fuera un sueño, no podrías sentir esto… ¿ya estás convencida que es real?
– Hay sueños que son intensos… yo se porqué te lo digo.
– Y es que acaso ¿ya tu soñabas conmigo?
– Si soñaba, pero lo vivido contigo aquí, ha superado cualquier sueño que he tenido hasta ahora. Esto es simplemente fuerte, avasallante… increíble.

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– Bueno, no me has contado esos sueños… me gustaría saber si me falta algo por hacer.   Me llevas pasó a paso hasta donde está la alfombra. Con una mano me sujetas y tiras de la cinta que la sostiene y en pocos segundos nuestro nido de amor está listo nuevamente.
– Eres todo un experto ya… como que no he sido mala enseñándote todas las bondades de este Faro, ¿cierto?
– Para nada… ¡eres de lo mejor! Contigo voy aprendiendo en cada paso que das.  Aprendo sobre sentir, sobre amar, sobre entregar.
– Y yo también  he aprendido…
– ¿Sí? Cuéntame a ver… dices y  nuestras ropas están fuera ya.
He aprendido a rendirme frente a tí, a no luchar contra lo que siento, sino a estar dispuesta a entregarte lo que soy sin medidas cuando quieras….
– Esperanza… yo, quisiera decirte…
Ahora soy yo quien impide que sigas hablando, soy yo quien te besa y sólo dice: Déjate amar… y con la fuerza de saber que está puede ser nuestra última vez, me entrego y empezamos  a dejar que el amor haga como quiera.
– Wow, una vez más me sorprendes. Me dejas sin palabras y sintiendo mucho.
– Pero… ¿te sientes bien? Pregunto.
– ¡Mejor imposible!
– Qué bueno Cielo, es lo único que quiero… que estés y te sientas bien.
– Como no he de estarlo si estiro mi mano y puedo tocarte… y tú como te sientes?
-Yo solo siento, intenso y fuerte,  como hace apenas unos minutos… como ahora nuevamente.
-Esperanza… esto que sentimos es algo que me inunda los sentidos y el alma… es el camino inescrutable del amor. -Me atrevería a decir,  mirándote así tan cerca,  entre mis brazos que esto aún no ha terminado … hace un instante sentí tal vehemencia en tu entrega que había hasta desespero de tu parte… o me equivoco.
Me aprieto a tu cuerpo y en un susurro alcanzo a decirte:
-Es sólo que no quiero olvidar esto…
-Yo no quiero que lo olvides… quiero estar contigo y amarte siempre .
Nos quedamos uno abrazado al otro, atesorando este momento y todos los que hemos vivido y sentido en este Faro.
– Ha sido maravilloso, dices.
– Sí, realmente maravilloso. Seguimos abrazados y siento tus besos tiernos por mi cara, y yo que estoy tan pegada a tí, beso tu cuello. Es rica esta clase de paz.
– Sé que ahora me recordarás que debemos bajar.
– ¿Cómo lo sabes? ¡ah ya olvidaba que de algún modo, lees mis pensamientos, jajaja!
– Algo así… jajajaj
– Y sí, podemos seguir bajando…
– Entonces sigamos, el mar nos espera.
– ¿Y porqué ahora si estás dispuesto y animado a bajar?
– Por que acabo de comprobar una vez más, que tu eres mía. Este Faro soy yo, y tú no irás a ningún lado sin mí. Simple. Lo dices con una seguridad que me deja pasmada. Y realmente es como dices, te pertenezco, aunque no seas mío… o si lo eres, de algún modo, si lo eres.
– ¿Y que te hacía dudarlo antes?
– Hubo momentos que pensé me dejarías aquí, sólo, como en uno de los piso, ¿Recuerdas?
– Allí te dije, que no me fui, simplemente tú no me veías.  Pero luego tú volviste y yo te esperaba.
– Cierto, tienes razón.
– Entonces no se diga más, sigamos en bajada.
Recogimos todo, una vez más, en medio de una complicidad tácita y llenos de la energía del amor, continuamos el descenso.
– Cuidado al cruzar el bosque, no te me vayas a perder jajaja. Dices eso, mientras pasamos por el piso verde, en el que hay árboles pintados por todos lados. -¡La verdad es que esto me parece genial! Casi se puede sentir que estamos en medio del bosque, sentados  a la sombra de un gran árbol, disfrutando de su utilidad. A propósito, no quiero que abraces más al árbol que está camino a este lugar, mejor abrázame a mí… te parece.
– De acuerdo. Digo esto y pienso en ¿que haré cuando no estés..?
– Siempre es más fácil bajar que subir, ¿no? Dices.
– Eso parece…
– ¿Porqué lo dices?
– No resulta tan fácil bajar para mí.
Tu mano me sostiene y detienes el paso. Llevas  mi mano que reposa sobre tu hombro derecho y con sólo al detenerte y girar me tienes de frente una vez más, yo un escalón más arriba.
– ¿Por qué no resulta fácil para tí el bajar esta vez? ¿Qué te preocupa, dímelo?
– Sé que al bajar, tú te irás.
– Esperanza yo…
– No digas nada más, continuemos el descenso.
Ya entramos y vamos pasando por el piso de tonos violetas, donde vimos a la luna…
– Como cuando vimos  a tu amiga Luna desde aquí,y me enseñaste que otros pueden desconocernos por completo así estén a nuestro lado recurrentemente; te pido que no quieras “desconocer” lo que yo siento por tí, lo que nos une.
– Tranquilo Cielo, no es un reproche y mis ojos te ven llenos de amor. – Es sólo que no es sencillo para mí, a veces sentir tanto…. no desestimo nada, ¡yo te he sentido…conmigo!
– Entonces sigamos.
– Sí ya pasamos al piso amarillo, al del atrevimiento… atrevimiento este, de haberte invitado a venir y atrevimiento aún más lo que te pedí cuando estábamos allá más arriba.
– Pues, brindo y celebró cada uno de esos atrevimientos.  Así como el Sol no se ha rendido, tu tampoco y eso me gusta.
Ahora el descenso es como más rápido, el ir recordando lo que vimos y hablamos en cada uno de los pisos y sus colores nos llena de una maravillosa sensación.
– Y ya estamos en el naranja… la verdad es que tú le buscaste y encontraste  significado a todo, a  los atardeceres y hasta las frutas, como la naranja de la cual me hablaste, e igual han cambiado en su significado para mí… ahora todo tiene sentido, color y propósito. Aunque también recuerdo que viniendo a este piso, fue que me dejaste solo.
– No vuelvas con eso querido… ya sabes que no te dejé en ningún momento, sólo permití que te fueras a hacer lo tuyo.
– “Lo mío” era aquí, contigo, lo que pasa es que tú no estabas segura de eso.
Dices eso, y mi corazón se detiene… tu consigues agitarme de cualquier forma.
– Que bueno es escucharte decir eso… (sin embargo tiemblo, no puedo evitar sentir algo de temor)
– Y ahora… debemos pasar rápido por este otro piso, el de las dudas, este verde con algo de azul en el que se han mezclado las preguntas, con la incertidumbre. – Ven pasemos esto rápido, no quiero dejarte chance para que los “y si” ocupen tu mente.  En tú cabecita quiero estar yo y nada más, no te quiero atormentada por las dudas, te quiero confiada y sonriente al recordar lo que sientes.
– De acuerdo. Al decir eso ya no es sólo mi mano la que reposa en tu hombro, ahora soy yo quien cuelga de tu espalda y terminamos de bajar este piso, hasta el último así.  Tu me sostienes de las piernas y yo voy colgando, abrazada a tu cuello y espalda.
– Si me sigues apretando así, no respondo… y una carcajada sale y terminamos de llegar al último piso, el de la acción.
– Desde ahora, cada vez que estés aquí, te van a dar ganas de correr y subir, de llegar arriba para sentir, ahora no hay vacilaciones, sólo tendrás ganas de seguir.
– Claro, si ya sé lo que me espera, no tardaré mucho y subiré lo más pronto que me den mis fuerzas…
– ¿Ves? Logramos bajar rápido.
Ya estamos en la entrada y  vamos a salir al exterior, para caminar hasta la playa. Tu mano no me suelta y me atrae más hasta tí. Un beso no se hace esperar.
– ¿Realmente quieres ir a allá afuera?
– Sí, vamos.
– Y si hay gente por ahí. ¿Qué día es hoy?
– Hoy es nuestro HOY… lo he reservado para nosotros. ¿pensabas que tu solamente podías preparar algo mágico? Pues ya verás. ¡Vamos!
Salimos fuera del Faro y se vé aun más alto desde afuera… el día está radiante, bello, el aire que se respira es fresco, la brisa se siente suave y refrescante.
– Caminemos hasta el mar, ven.
Nuestras manos van juntas, así como nuestra alma y corazón se siguen moviendo al mismo compás.

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– ¡Qué hermoso esta el día! Estoy tan emocionada que podría llorar.
– No, esta vez no llores, sólo dale permiso a la risa hoy.
Llegamos a la orilla del mar, sus olas son bellas, el agua es como el espejo del cielo y el sonido del agua como una constante melodía. No hay nadie por ningún lado…
– ¿Porqué esto estará tan sólo? Nunca había visto el lugar así.
– Lo mande a preparar sólo para nosotros. Y tu risa contagiosa se deja escuchar y también río contigo.
Vamos caminando juntos por la orilla, las olas vienen y van, mojándonos de algún modo.
– ¿Alguno de tus sueños fue conmigo aquí?
Me quedo mirándote sintiéndome descubierta. Si no fuera por el color de mi piel, podrías ver el sonrojo en mis mejillas… pero me arriesgo y digo: -Si, de mis mejores sueños contigo…
– Entonces no se diga más, vamos…
– ¿Vamos? ¿al agua?
– Sí, vamos.
Entras al agua sin más.
– Ven, te estoy esperando. Hago una negación con mi cabeza y tú empiezas a salir del agua… llegas hasta donde estoy y me persuades de entrar al agua.
– Ahora sí, estamos listo. Siente el agua acariciándote la piel…a hora soy yo quien te dice como cuando estábamos allá arriba, mira el cielo y siénteme.
– ¿Qué sientes? Preguntas.
Casi no puedo hablar, son demasiadas las sensaciones que me embargan, el azul del cielo y el mar es uno solo… es como si estuviéramos en un campo de flores azules y una melodía fantástica se dejará escuchar. Es simplemente mágico.
Ahora nos sumergimos ambos bajo el agua y empezamos a nadar hacia la orilla. Al llegar descansamos un poco debajo de una palmera. Ambos estamos jadeantes, lo que acaba de pasar en el agua, nos dejó exhaustos y sorprendidos.
– ¡Fue fantástico! te digo. -Esto resulta peligroso para mí.
– ¿Peligroso? Y eso ¿porqué?
– Porque eres “adictivo” para mí. Y eso me sorprende…
– Entonces disfrútame.
– ¿Y cuando no estés?
– Pero aquí estoy, este es nuestro ahora, no pienses en nada más. No quieras sufrir por adelantado.
– No es eso… es sólo que sé, que te debes ir.
– Y tú también tienes que irte de aquí, y eso no quita la belleza de lo que sentimos, de lo que hemos estado viviendo sobre todo sintiendo.
– Tienes razón…
Estamos los dos sentados viendo al mar. Yo de espaldas recostada sobre tu pecho, sintiendo tus brazos caer sobre los míos, acariciándome. Es un momento de calma, si se quiere de silencio, de almas que están conectadas. Pasan los minutos y luego nos vemos. Me pierdo en tu mirada, suspiro y cierro mis ojos sólo para pensar que estoy ahí, contigo.
– No quiero estar sin tí. Son pocas tus palabras pero las dejas oír con claridad.
– Yo tampoco quisiera estar sin ti, pero…
– No lo digas, no quiero saber de la vida y todo este cuento que ambos tenemos.
– Pues, de algún modo tengo que decirlo, Cielo. Tú y yo tenemos mundos que atender y yo sé que en cualquier instante te debes ir.
– No entiendo, ¿de dónde sacas fuerzas para decir eso? Yo no…
– No tengo ninguna fuerza. Pienso en mi vida sin tí, y el dolor es casi mortal, sin embargo no puedo pretender que te quedes aquí conmigo, eso se que no es posible.
– Y después del recorrido que hemos dado, ¿me vas a hablar de imposibles? Algo haremos.
– ¿Cuándo te vas? Esta era la pregunta a la que le temía desde que él vino. La acabo de hacer, y no tengo ningunas ganas de escuchar la respuesta, pero era necesario hacerla.
– Si insistes en ese absurdo, creo que el momento de irme, es ahora. Si mi amor no te es suficiente para estar segura, sino lo crees, ¿que más puedo hacer aquí?
Comienzas a levantarte y vas sacudiendo la arena de tu ropa, yo te miro y las lágrimas comienzan a resbalar por mis mejillas en silencio.
– ¿Y no vas a decir nada?
– ¿Qué podría decir?
– ¡Qué me amas, que no me vaya, que tu eres mía!
– Todo eso y más te he dicho, y no ahora, sino desde hace mucho tiempo. Ya lo sabes. Pero yo no soy quien debe insistir en que no sea así, es algo que debes decidir sin que te presione yo.
– ¿Presión? No me siento presionado, ¡me siento enamorado! Que son cosas distintas. ¿Y Tú no te irás?
– No soportaría el mundo real ahora, luego de todo esto. Yo no estoy preparada para estar fuera de aquí, al menos por un tiempo.
– Pues, si no me pides que me quede, me estarás pidiendo que me vaya.
– No puedo hacer eso.
– Pero ¿porque ahora te cuesta pedirme que no me vaya?
– Porque no quiero que digas que te quedaste, porque yo te lo pedí o porque sentías que te obligaba de algún modo.
Estoy parada a tu lado, mis ojos te buscan, los tuyos rehuyen. No entiendes el que no te presione… pero así soy yo…
De pronto me tomas por la cintura y me besas, con pasión y fuerza, hasta con amargura y yo me entrego en el beso…
– Adiós, dices y te veo marchar.  Te alejas y el dolor en mi va creciendo, desgarrador e implacable.  Es como morir despacio…
No se cuanto tiempo pasé allí, lloré y grite mi dolor, su ausencia, lo amargo de la vida que nos separa, el sentir mi cuerpo reclamándolo y que ahora no esté.  Creo que no podre soportar este dolor… ¡no podré! Casi inconsciente de tanto llorar, me quedé allí sin moverme, hasta que una mano en mi rostro me hizo reaccionar.
– Niña, niña… era el señor Marco, que una vez más vino en mi rescate. -Alguien me dijo que estabas aquí, mi niña, y me dijo además que te cuidara, el también iba como destrozado. De allí no recuerdo mucho más, me desmayé.

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